José Nazabal

Es inevitable: José Ángel Nazabal me hace pensar en Severo Sarduy.


No ahora que ya todo el mundo le conoce y le busca parecidos, cercanías, influencias. No es justamente ahora, que me hallo a tientas, nuevamente, en los placeres que suscita la prosa de Severo. Ha sido siempre, desde que alguna vez lo vi de lejos y alguien comentó: «Aquel es Nazabal, el que hace las piezas que te intrigan».


Entonces, viéndolo de lejos, en medio de una situación oscura, turbia y ruidosa, advertí lo más obvio: Nazabal tiene un aura distinta, seductora, especial.


Jose flotaba en medio de aquel ambiente sórdido que, sin embargo, parecía disfrutar a discreción. Y en esa mesura, en esa contención pasional, se me antojó doblemente idéntico a Sarduy: en el rostro y las maneras.
Si son ciertas mis conjeturas y lo que él escribe sobre sí mismo: su obra es una autobiografía. Si mis ojos no han perdido su norte estético: su obra es un acto complejo que solo rinde cuentas a la belleza y el lenguaje.


¿Se puede ser más sarduyano?
Nazabal lo es, sin dudas. Es un artista al que no puedes renunciar, una vez lo conoces.


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