Artista: Gabriela Pez
Curaduría: Jorge Peré

El año 2018 marca el comienzo de un viaje definitivo para Gabriela Pez. La génesis de un redescubrimiento intimo que la ha mantenido tan cerca del arte como de si misma. Desde entonces, asistimos a uno de los procesos más coherentes, orgánicos y sui generis de los que pueda hablarse al particularizar en la generación emergente de artistas cubanos que ha visto la luz durante el último quinquenio. Uno que se ha refugiado en la intuición más que en el oficio, en la investigación más que en la certeza, en las esencias de los géneros que frecuenta más que en la tradición y las tendencias que marcan pautas.
Entre un dibujo casi naif y una pintura mestiza y experimental ha oscilado la práctica estética de esta artista sin caer en edulcoraciones o manierismos. Su diálogo con el medio se vuelve legítimo en la medida en que se aleja y disuelve los sitios comunes que rodean los tópicos que desatan su interés: la contemplación de la naturaleza; las identidades de género; la cosmogonía y religiosidad afrocubana; y la comprensión sociocultural de la etnia negra a través de la Historia de la Isla.
Precisamente, sobre este último se articula el discurso de «Retrato en el jardin soleado» (2024-2025) un conjunto de pinturas que esbozan, desde un lirismo inusitado para la iconografía insular, diversos imaginarios comúnmente desligados de la negritud. A las narrativas decoloniales que sitúan el cimarronaje como la epitome de la expresión negra en el Caribe y América Latina, la artista le añade estos delicados matices donde la belleza, el sosiego y la purificación, reemplazan a la común atmósfera de sobrevida, escape, sangre y dolor que enmarca, no sin cierto maniqueismo, la vida de las comunidades negras que han sufrido diversos avatares históricos.
Esto nos lleva a recolocar la figura negra dentro del paisaje simbólico, anecdótico e intelectual, que comúnmente se le asigna. Puesto que si bien el monte prosigue siendo el refugio seguro, ya no se restringe a una experiencia indomita, agreste y salvaje. El Monte, ese altar sagrado que evoca magistralmente en su escritura Lydia Cabrera, ciertamente existe, educa y modera el discurso visual de estas piezas. La artista lo redime con devoción, lo cita de manera explícita en «Lectura un día de verano» (2024) -una de las pinturas centrales de la muestra-, abraza la sabia de su doctrina. Sin embargo, en su mirada deriva hacia otras zonas, menos acusadas: el romance, la escena galante, la fruición contemplativa, un sentimentalismo humano que solo podría compararse artisticamente a la sublimación que hace Carpentier de la vida negra en su temprana y memorable novela «Ecué-Yamba O». Y he aqui que se nos revela una perfecta analogia: al igual que en aquella novela, el argumento narrativo de este ensayo podria estructurarse desde al menos tres conceptos esenciales: la vida, la belleza y la propia subjetividad que dimana de la raza negra.
Pudiera entenderse -porque asi se ve, casi en su totalidad- como una exposición de retratos, y no estariamos traicionando la intención emocional de la artista. Si un género pictórico ha perfilado la obra de Gabriela hasta el día de hoy, no cabe duda, es el retrato. Su inagotable curiosidad intelectual, el rigor de los detalles en el acto contemplativo y la aprehensión de lo fugaz y transitorio, han sido claves en la pintura de esta artista. Por tanto, ningún otro género ha servido mejor a sus propósitos, a los que ahora se suman la voluntad anecdótica, el deseo de contar historias olvidadas o sometidas a la tergiversación y la estereotipación. Las figuras (no estoy cómodo llamándolas «personajes*) que aquí se nos presentan tienen su propia historia, sus propios deseos, sus propio: dioses, y nada que ver con la inferioridad o el victimismo. Porque Gabriela reivindica la negritud valiéndose de una poesía que, sin omitir el dolor, tampoco lo pone al centro del discurso.
Para el espectador podrían resultar bizarras -e incluso caprichosas- algunas de las mejores escenas fabuladas en esta exhibición. Y, en efecto, lo son. Pero nunca pretendiendo la iconoclasia vacia, el escándalo o un tono licencioso amparado en las bondades de la ficción. En todo caso, la artista (re)imagina los textos e imágenes que tiene en su acerbo y procura estas situaciones que confrontan nuestra expectativa, todo lo que damos por sentado a propósito del relato étnico que nos ocupa. De ahí que encontremos una prolija representación de rasgos y actitudes -desde lo sensual y lo frivolo hasta la calidez fraternal-, que ponderan la existencia de una ética que desmantela cualquier prejuicio y actualiza los imaginarios que configuran el universo negro.
Afincada en un medio donde los estilos parecen fatigados, en crisis, Gabriela Pez ha encontrado una manera inimitable de narrar valiéndose de la pintura. Su proceso demuestra que el talento y la intuición -cualidades indispensables en quienes pretendan dedicar su vida al arte- no se adquieren en la academia, sino que florecen de modo innato. Cada momento en su obra nos conduce a la reflexión; ora en torno de los materiales que utiliza, ora por la forma en que manifiesta los contenidos. Y esta no es, precisamente, una cualidad generacional.
Entender lo excepcional que es un cuerpo de trabajo como el de esta artista, dentro de un contexto que padece como nunca antes el vacio de estéticas renovadas, se impone entre la crítica especializada, el público y demás actores que licitan la entronización de los creadores cubanos emergentes.
Jorge Peré
enero 2025
La Habana




